Cuando el principio te embruja…

Cuando el principio te embruja…

Desde siempre es bien sabido que un inicio de algo, lo que sea, que contenga una fuerza tal que absorba la atención del que lo vive, que tenga el poder de cautivar a quien lo recibe, genera una disposición a continuar que no sería tan intensa sin ese inicio. En la literatura, se trata ni más ni menos que de lograr que el lector sea capaz de imaginar la situación con un mínimo esfuerzo, que viva ese primer párrafo como si estuviera ocurriendo realmente o como si situara al propio lector en el centro de la acción. El primer párrafo de una novela es fundamental y hay ejemplos de grandes genios que dieron en el clavo en el momento de escribir aquello que escribieron y dieron en el clavo para llegar a construir lo que con el tiempo sería una obra maestra.

Sin embargo, aunque tardemos escasos segundos en leer estos primeros párrafos, de lo que no somos conscientes del esfuerzo que hubo de hacer, la cantidad de veces que escribió y reescribió García Márquez ese gran comienzo de la novela que todos conocemos, contándonos que Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Hay quien dice que pasaron meses hasta que encontró su principio perfecto.

En otras ocasiones parece que el escritor escribe por obligación y que, cuando termine esa novela, nunca jamás volverá a escribir otra. Claro, esto, a toro pasado, es muy fácil apreciarlo, ¿no? ¿Creéis que fue eso lo que le ocurrió a Sallinger cuando empezó a decir aquello de Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no me apetece contarles nada de eso.

José Saramago, por su parte nos mete de lleno en la novela, invitándonos a revivir algo que todos hemos vivido miles de veces y en cuyos detalles nunca nos hemos parado a pensar. ¿Quién  no ha vivido esto? Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador de paso de peatones apareció la silueta  del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso. 

Me encantan los inicios en los que nos dicen que va a ocurrir algo y van nombrando a los protagonistas, como si les conociéramos de toda la vida. Lo que de inicio no nos cuenta Tolkien es la grandiosa aventura que estamos a punto de vivir. No nos lo cuenta, pero los detalles que aparecen en tan solo 3 líneas ya nos dan una idea de ello: Cuando el señor Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado anunció que muy pronto celebraría su cumpleaños centesimodecimoprimero con una fiesta de especial magnificencia, hubo muchos comentarios y excitación en Hobbiton.

A mí personalmente me impactó lo que Javier Marías insinuó en una de sus magníficas novelas. Todo indicaba que nos esperaba una trepidante historia que no había hecho más que comenzar.  Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros.

Lo que nunca morirá son aquellas novelas que nacieron para ser eternas y que perdurarán por los siglos de los siglos. Éstas dos, no está previsto que mueran junto a nosotros. Quizás Cervantes y Dickens no lo sabían a ciencia cierta, pero seguro que, al menos, lo sospecharon.

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

 

(Imagen – Pixabay)

Cien años de soledad

Cien años de soledad

Yo estuve en Macondo, lo sé. Hoy cierro los ojos y aún soy capaz de transportarme al aroma de su entorno. Todo ocurre porque llevo en mi mano los pergaminos de Melquiades, el gitano que, como sabéis, nos trae al pueblo los inventos más innovadores de los últimos tiempos, llevando siempre consigo esos pergaminos intraducibles. Hoy los tengo yo. Abro los ojos…

Ahora estoy aquí, frente a este texto que intento descifrar antes de ser escrito – como los pergaminos-. Fue en el segundo intento cuando logré  comprender todo lo que encierran cien años de soledad. Si, os confieso que la primera vez que abrí la obra maestra de García Márquez lo abandoné cuando llevaba leídas unas pocas decenas de páginas. Años después lo retomé, comencé de nuevo y no pude evitar leerlo de un tirón. Los pergaminos de Melquiades me tenían loco.

Pero mientras se averiguaba o no el significado de los dichosos pergaminos, estuve en ese lugar, lo sé. Estuve con José Arcadio Buendía, obligado fundador de Macondo, a causa de Prudencio Aguilar, al que mató en duelo y un maldito remordimiento estuvo persiguiéndolo toda su vida. Y con Úrsula Iguarán, su esposa y la espina dorsal de toda la familia – años de vida le avalan – desde el primero hasta el último; el pobre niño que nació con cola de cerdo y que se comieron las hormigas. No pude estar allí en ese momento para ayudarle. ¡Una lástima! Pero ya se sabe que un matrimonio con un vínculo familiar conlleva el riesgo de tener un descendiente con cola de cerdo.

No menos asombroso fue ver cómo Remedios desaparecía elevándose envuelta en una sábana y, más asombroso aún, aquel diluvio que duró más de cuatro años de forma ininterrumpida.  O la peste del insomnio, una extraña enfermedad que provoca que, quien la padece, deja de dormir y pierde la memoria. Estuve allí y lo viví, porque leí todo el libro de un tirón  – si, en mi segundo intento – porque me tenían loco los pergaminos de Melquiades, los cuales encierran todo el misterio de Cien años de soledad

Gabriel García Márquez consigue que hoy, muchos años después, frente a una pantalla de ordenador, yo haya de recordar aquella tarde remota en la que cayó en mis manos por segunda vez su obra maestra Cien años de soledadhaciéndome creer que yo estuve en ese lugar. Algo parecido a lo que le ocurriera al primero de los hijos de José Arcadio y Úrsula que naciera en Macondo: Aureliano. Porque ya sabéis que…

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo.

Sólo el principio ya es absolutamente brillante y desprende realismo mágico por los cuatro costados. No puedo creer que haya quien aún no lo haya leído.

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